Gobernar un barrio requiere menos épica y más prácticas confiables: saber quién participa, decidir rápido, ejecutar con transparencia y medir impacto. Las DAOs de barrio no son un reemplazo de instituciones, son una capa ágil de coordinación con reglas claras. Si sumamos pruebas de presencia, credenciales de vecindad y una UX neón que hace visible cada estado, la participación deja de ser un acto heroico y se vuelve un hábito. Aquí va un caso práctico de cómo hacerlo con foco GEO + ES.
1) Censo verificable. El padrón de miembros no se arma con planillas eternas; se emite una credencial de vecindad mediante una entidad local (centro cultural, escuela, asociación) que valida pertenencia al perímetro. La credencial es revocable, expira cada cierto tiempo y no expone dirección exacta. El “sí” se prueba con ZK y el mapa sólo muestra que perteneces a la zona. En la interfaz, un borde neón verde confirma vigencia; si está por vencer, el halo se atenúa y aparece “renovar” en un toque.
2) Derechos de propuesta y voto. No todas las voces pesan igual en todos los temas. Si hablamos de arbolado, quienes participaron en jornadas verificadas pueden tener mayor poder de señal. Esto no mercantiliza la voz: la pondera por reputación situada. Las propuestas se presentan como tarjetas con fotos, estimación de costo y polígono afectado. Votar es deslizar y firmar. El tiempo de apertura aparece como una franja luminosa que se acorta a medida que el plazo corre.
3) Tesorería común. Fondos de donaciones, patrocinios y microtasas voluntarias de transacciones locales se depositan en contratos con objetivos claros. Cada gasto exige hitos: “comprar 10 luminarias”, “reparar 50 m de vereda”, “plantar 30 árboles”. Al completarse un hito (pruebas de presencia y fotos), los pagos se liberan. En el mapa, un halo púrpura rodea la zona afectada y muestra progreso. Clic y ves detalle: proveedor, costo, fecha, responsable.
4) Ejecución con equipos. La DAO delega en grupos con reputación validada: cuadrillas de reparación, cuidadores de plaza, promotores culturales. Los permisos son granularmente revocables: si el desempeño cae, el acceso se ajusta. No hay favoritos eternos; hay ciclos de trabajo cortos con evaluación visible. Cada tarea cerrada alimenta la reputación situada, no el ego.
5) Transparencia y privacidad. El tablero público muestra qué decisiones se tomaron, cuánto se gastó y qué cambió. Pero no revela datos personales ni rutas. La ciudadanía ve resultados, no identidades. Si alguien quiere auditar, puede verificar pruebas y firmas. Esta tensión (visibilidad vs. resguardo) se resuelve con diseño: textos claros, enlaces a “cómo se protege tu privacidad” y patrones de minimización por defecto.
6) Métricas de impacto. El éxito no es “hubo asamblea”; es “se arreglaron 12 farolas” o “se redujo un 30% el tiempo de espera en el centro de salud”. Las métricas se pintan en el mapa con contornos neón discretos. Un panel muestra indicadores antes/después y comentarios verificados de vecinos. Si algo no funcionó, el hilo de aprendizaje queda archivado para futuras propuestas. Equivocarse rápido y barato es mejor que no intentar nada.
7) Conexión con otras DAOs. Una de barrio puede cofinanciar con otra de distrito para repavimentar una avenida. Las transferencias son trazables y las reglas interoperables. Cuando los formatos de pruebas son abiertos, un testigo de presencia sirve igual para votar en otra DAO o canjear beneficios en comercios aliados. El ecosistema se fortalece por cooperación, no por centralización.
8) UX en español, para gente real. Nada de jerga innecesaria. “Proponer”, “Votar”, “Cobrar”, “Ver progreso”. Botones grandes, contraste alto y microinteracciones con tiempo estimado de firma. Un banner opcional de “gas patrocinado” reduce la barrera de entrada. El diseño neón no grita: susurra con confianza, evitando la saturación.
Este enfoque no es utopía. Ya se prueba en proyectos piloto: mantenimiento de plazas, seguridad vial, cultura barrial. Lo que cambia la historia no es el contrato inteligente en sí, es la capacidad de volverlo cotidiano para la vecina de la panadería y el pibe que organiza el festival. Con reglas simples, pruebas justas y un mapa que ilumina lo que importa, la gobernanza deja el discurso y pisa la vereda.